Luckas Viana dos Santos, un brasileño de 31 años, cruzó sin saberlo una frontera que no figuraba en su contrato laboral. A pesar de haber aceptado un empleo en atención al cliente en Tailandia, se vio obligado a realizar estafas por internet y a soportar torturas en una zona rural de Birmania (Myanmar).
Nacido en São Paulo, Luckas había pasado varios años viajando entre países tratando de dedicarse a la actuación, su verdadera pasión. Había trabajado en Argentina, Filipinas, Corea del Sur y Tailandia hasta que, a mediados de 2024, recibió una oferta laboral a través de un grupo de Telegram que prometía un salario de 1.500 dólares mensuales por labores de atención al cliente.
El contrato indicaba que el trabajo duraría seis meses en Mae Sot, una ciudad tailandesa en la frontera con Myanmar.
Condiciones extremas en el complejo
Tras un largo viaje por carretera, cambios de vehículo y un cruce nocturno en una pequeña embarcación, Luckas llegó a un territorio vigilado, donde los letreros estaban en birmano y no en tailandés.
En este complejo, compartido con unos 5.000 extranjeros, le retuvieron su pasaporte y su teléfono, prometiéndole que podría comunicarse con su familia una vez a la semana; sin embargo, esa promesa nunca se cumplió.
Luckas relata que durante los cuatro meses que permaneció en el lugar, solo pudo contactar a su familia en cuatro ocasiones. Mientras cuenta su experiencia, fija su mirada en un punto distante y sus ojos parecen reflejar los traumas vividos, como si reviviera una película de horror.
“Una película de terror”, así la describe, de la cual no pensaba que podría escapar. La humillación que sufrió lo llevó a considerar el suicidio como una posible salida.
Luckas se ha convertido en el rostro visible de una alarmante estadística: solo en 2024, 63 brasileños denunciaron ser víctimas de explotación, la mayoría en países del Sudeste asiático. Las cifras de víctimas en 2025 ya han superado las del año anterior, según informes del Ministerio de Justicia.
El negocio y los castigos
Luckas supo que la empresa detrás de su situación era administrada por chinos que controlaban negocios clandestinos en Birmania. Su rutina diaria se convirtió en una serie de gritos que un intérprete le traducía al inglés.
El recinto servía como prisión; dormía en una habitación compartida, comía lo mismo cada día y trabajaba unas 17 horas diarias frente a un ordenador, donde su tarea era captar clientes para invertir en plataformas de juegos en línea y criptoactivos.
“La empresa contaba con un sistema que traducía automáticamente los mensajes enviados a la lengua del destinatario”, explica. Sin embargo, los dueños exigían resultados casi imposibles de alcanzar. Le prometieron un salario de 700 dólares si lograba que al menos diez personas hicieran depósitos, aunque muchos “clientes” cortaban la comunicación de inmediato.
El incumplimiento de objetivos conllevaba a castigos físicos y psicológicos aplicados de forma sistemática. Los castigos más severos ocurrían en una pequeña sala en donde lo golpeaban con tubos, le propinaban descargas eléctricas y bofetadas. Otras sanciones incluían permanecer de pie durante largos períodos con bidones de agua a cuestas o hacer flexiones sobre plataformas con picos.
La idea de escapar comenzó a gestarse. Luckas logró comunicarse en secreto con un amigo fuera del complejo, quien contactó una ONG y alertó a los medios de comunicación.
La fuga
Después de tres intentos fallidos de fuga, que resultaron en castigos severos, su rescate se materializó a través del Ejército Budista Karen Demócrata (DKBA), un grupo insurgente que, según Luckas, se opone a estas actividades y logró negociar su liberación junto con la de varios colegas.
Luckas salió “con lo puesto” y su pasaporte en mano. Posteriormente, decidió mudarse nuevamente a Argentina, donde ya había establecido una red de contactos que le permitiría reiniciar su vida laboral.
Para Luckas, no dejarse atrapar por el pasado es una forma de resistencia. “Mucha gente me juzga y dice ‘está viajando, está feliz’. Pero, ¿qué voy a hacer? ¿Voy a quedarme encerrado en una habitación para siempre? De mis 32 años, fueron cuatro meses. Tengo recuerdos, pero no voy a quedarme estancado en eso. Quiero seguir con mi vida”, concluye.
