Teruel ha sido testigo este domingo del amor eterno entre Diego de Marcilla e Isabel de Segura, dos jóvenes que descansarían juntos para siempre tras perecer fruto de una pasión arrebatadora a la que no pudieron dar rienda suelta en vida. La XXX representación de ‘Las Bodas de Isabel de Segura’ ha reunido a varios miles de personas en las calles y plazas de la capital turolense, en una agradable mañana soleada que ha ido cogiendo temperatura a medida que la tragedia ganaba en intensidad.
La villa medieval se ha despertado sobresaltada por la noticia de la muerte de Diego de Marcilla. El ruego no atendido de un beso de despedida entre dos amantes que la vida separó habría desencadenado el drama, un suceso inexplicable ocurrido la pasada noche que ha cogido a las gentes de Teruel en plena resaca por los fastos de la boda de Pedro de Azagra e Isabel de Segura.
Las especulaciones empezaron a aflorar: ¿Era verdad que regresó el que se daba por muerto? ¿Vino a reclamar lo que consideraba suyo? ¿Se desposó Isabel realmente engañada? Del truculento berenjenal se dio buena cuenta en el comadreo celebrado en la plaza de la Catedral. Allí, el cuerpo de intérpretes, entre ellos los rostros conocidos de Jorge Asín y Fran Fraguas, divagaron sin recato sobre Isabel y Diego, analizando si ella se reservaba realmente para él y hasta qué punto se obcecó yendo de noche a casa de los Azagra.
En medio de los murmullos y las especulaciones, una mujer se alegró de que Isabel no hubiese esperado a Diego, recordando su propia espera de ocho años a su Ildefonso, «con seis hijos y emparejado con una mora». Los caballeros, por su parte, se mofaron de la posibilidad de que Marcilla hubiese muerto de pena, defendiendo que «nadie muere de amor», aunque admitieron que «heridas tiene el amor que nadie puede ver».
La comitiva fúnebre llevó a cabo una marcha desde el paseo del Óvalo, al ritmo pausado de los tambores, que acompañaban el caminar solemne de los caballeros que portaban a hombros el cuerpo yacente de Diego de Marcilla. Este recorrido se realizó en medio del respetuoso silencio del público asistente, roto únicamente por el llanto desconsolado de Constanza, una madre rota de dolor por la muerte de su hijo.
El cortejo fúnebre recorrió las calles Nueva y Amargura, Santa Cristina, San Juan, abriéndose paso por una atestada plaza del Torico hasta detenerse finalmente en la plaza de la Catedral, donde tocaban campanas de duelo en la torre de San Pedro. Allí tuvieron lugar las exequias de Diego, en las que Constanza, aún desolada, se descompuso sobre el cadáver de su hijo, expresando su desconsuelo: «Me arrancaba la vida al anunciar tu muerte, pero ahora ya soy tierra para siempre».
Las honras fúnebres cumplieron lo dispuesto por el propio Diego de Marcilla, quien previó su sepelio con todo detalle: «Que durante mis honras funerarias quiebren por mí escudos y se arrastren mis pendones y banderas». Así, sus compañeros de batalla, encabezados por su fiel Esteban, pasaron delante de su lecho, impactando sus lanzas contra el suelo y rompiendo sus escudos al grito de “¡por Tolosa, por Muret y por Teruel!”.
El Último Beso
En medio del desfile de vecinos que se acercaban a dar el último adiós al malogrado batallador, crecieron voces a coro: «Isabel, sigue a tu corazón; el amor te espera, dale el beso que le debes». Una joven velada con un tul blanco se subió al catafalco, y al descubrir su rostro, los presentes se asombraron al reconocer el rostro bañado en lágrimas de Isabel de Segura, confirmando así los rumores de las horas previas.
La joven, transida de pena, se acercó al cadáver de su amado, cumpliendo con lo que no hizo horas antes: darle el beso que Diego reclamaba. Este gesto fue recibido con angustiosas persignaciones de los presentes, escandalizados por la revelación. Acto seguido, Isabel se desvaneció; acababa de entregar su alma a su amor verdadero, y su vida terrenal ya carecía de sentido. Pedro de Azagra, que inicialmente la creía simplemente desmayada, pronto comprendió la cruda realidad: «¡Que no respira, que está muerta!», reconoció.
Entre gritos lastimeros, Azagra se confrontó con su conciencia: «¿Qué he hecho? No debí obligarla. ¿Cómo me puede pasar esto a mí? ¿Cómo pude estar tan ciego?». Esta confesión fue contestada con gritos de la multitud: «¡Esa mujer no fue tuya!», lo que llevó a Azagra a ordenar que enterrasen juntos a los dos enamorados. «Isabel, te convertí en mi esclava. Os devuelvo la alianza y se la pongo a Diego, que os amaba más que yo», se despidió, advirtiendo que «nadie se atreva a separarlos».
Así, evocando el texto de Santiago Gascón, el amor levantó un templo en Teruel que, ocho siglos después, reúne a miles de personas para revivir una tragedia que trasciende la vida y une en la eternidad a dos almas. «Cada vez que entregáis un beso a la persona amada, regresan a la vida los amantes», se proclamó en la plaza del Seminario, donde el público asistió a los versos del Romance del ciego y la Oda a los Amantes, disfrutando de la emoción de los intérpretes protagonistas, Sara Serena y Javier Ibáñez.
Como colofón, los asistentes dieron rienda suelta a la pasión con un beso colectivo, animados por la perspectiva de aparecer en la pantalla de la ‘kiss cam’. Al finalizar la jornada, Lorena Muñoz, directora gerente de la Fundación Bodas de Isabel, expresó su satisfacción por el resultado de esta edición, reconociendo las complicaciones técnicas y la complejidad de la escena sabatina.
Muñoz destacó la respuesta positiva del público ante las novedades y el trabajo de los 200 actores, que había sido «espectacular». A medida que la Fundación se planteaba cómo superar la celebración del próximo año, se acordó del ‘videomapping’ que se utilizó en la escena de la muerte de Diego, buscando «mayor dramatismo y profundidad». Ella misma subrayó la destreza musical de Sara Serena, cuyo potencial como actriz tuvo un papel central en la interpretación de Isabel de Segura.
Los protagonistas del drama, Javier Ibáñez y Sara Serena, se mostraron encantados con la experiencia. «Siento una emoción intensa, creo que ha sido el mejor momento de mi vida», expresó Javier. Por su parte, Sara manifestó: «Ha sido amor. Amor infinito. La gente lloraba, nos decía cosas muy bonitas y ver a nuestra gente y a todo el público que ha venido a acompañarnos ha sido precioso».
